David Vizcaíno
Voy a contar una historia de Ilustración apagada, Ilustración sin luces, Ilustración con ideales de libertad e igualdad que siempre miraron al género dominante y dominador: El hombre.
Y no se trata en esta ocasión de utilizar el genérico, a veces tan socorrido y que lleva las diferencias de género incluso al ámbito del lenguaje, como si lo femenino pudiese ser borrado de un plumazo. No, en esta ocasión con el hombre quiero referírme al varón de la raza humana, ese varón que sale a conquistar el mundo mientras en innumerables ocasiones deja las miserias en casa, al cuidado de su esposa.
No voy a tratar, ni mucho menos, como hacen tantos oportunistas hoy en día, de presentar aquí una apología del feminismo. Lo que quiero plasmar es la reflexión a la que me han llevado los textos que estoy masticando y digiriendo este verano, y en especial (no porque sea mejor ni peor, sino porque se hace eco del momento histórico sobre el que he decidido centrarme) la entrada “Ilustración” de Cristina Molina Petit, en la obra que ha dirigido Celia Amorós 10 palabras clave sobre Mujer.
Esta reflexión se centra en el descubrimiento de cierto lado oscuro de una época que siempre había hecho aflorar mi orgullo como humanista. Este lado oscuro no es sino una pequeña, pero inmensa en sus consecuencias, historia de Anti-Ilustración; en tanto que destroza, esconde o hurta los ideales ilustrados en presencia, e incluso con la más incomprensible connivencia, de algunas de las figuras más paradigmáticas del Siglo de las luces.
La Ilustración se presenta, como todos sabemos, en los albores del S. XVIII como la etapa de madurez de la razón. Esta madurez lo es de todo el género humano y no tan solo de una de sus vertientes. Esto explica el nacimiento del feminismo,a esta lumbre, como reivindicación de una serie de derechos y de libertades de los que la mujer se encontraba en estado de privación.
El feminismo se inscribe así de un modo natural dentro del proceso de racionalización y urgencia emancipatoria que representa el espíritu ilustrado, no pudiendo entenderse sino como una suerte de racionalismo . Ya Descartes había dicho que el intelecto, al ser independiente del cuerpo, no tenia sexo; bajo esta premisa el racionalismo era un camino que todos podíamos recorrer y que no estaba vetado para nadie.
El feminismo hace sus primeras reivindicaciones teóricas en nombre de esta universalidad de la razón, de manos de autoras como Mary Wollstonecraft, Théroigne de Méricourt, Olympe de Gouges o Mademoiselle Jodin. Y haciéndose eco de los slogans ilustrados, que asimilaran rápidamente, los utilizaran para tratar de impugnar el régimen de sujeción de lo femenino que privilegiaba al varón en el antiguo régimen. Era de esperar, al menos me resulta razonable que fuese de esperar que la mujer recogiese el fruto de la emancipación al igual que hicieron otra serie de colectivos desfavorecidos, sin embargo no fue así.
Muchos de aquellos que clamaron contra las injusticias y que prestaron su pluma y su oficio en defender la igualdad de todos, hicieron particiones en ese todo y resultó finalmente que en el mismo no hubo hueco para lo femenino, viéndose este postergado al recinto privado y doméstico. Los mismos que defendían que las diferencias de raza o de nacimiento no eran pertinentes a la hora de justificar una desigualdad social, juzgaron que la diferencia de sexo si lo era, asombroso.
En el ámbito de lo público se reclamaban libertades y se trataba de eliminar diferencias y desigualdades, mientras en el ámbito privado o doméstico, donde se tenía sujeta a la mujer, casi todos aceptaban el antiguo derecho divino.Así, este ámbito privado va a constituirse como ese lado oscuro del que hablaba, donde se va a encerrar a la mujer sin poder alcanzar el terreno de lo público, ese espacio de los iguales donde reina la racionalidad.
A menudo he visto, y aquí he de ser honrado y admitir que solo cuando he estado atento ya que el poder de distracción del genérico puede ser abrumador, a grandes pensadores decir auténticas barbaridades sobre la mujer y sobre lo femenino. Pero de tal calado que nunca he sabido si pasarlas por alto, pensando que quizá fuera fruto de la época y no del filósofo en cuestión, o no volver a considerar a este como un gran pensador. Lo cierto es que a medida que ha ido pasando el tiempo he ido aprendiendo a impersonalizar a los filósofos y a quedarme solo con lo atractivo de sus teorías, con aquello que tenía algo que ofrecerme, ya que de otra manera tal vez hubiese mandado al traste más de una o dos grandes obras, y diré por qué.
No me vale la excusa de la época, sirvió durante un tiempo, pero ya no más. La razón es simple, si todas las ideas de los filósofos son fruto del ambiente de la época, ¿cómo es posible que tal ambiente cambie?, ¿cómo son posibles las ideas innovadoras?, ¿cómo, en definitiva, pueden cambiar los tiempos? De igual manera que se atreve alguien a impugnar, aún dentro del poder del antiguo régimen, la legitimidad de una monarquía de derecho divino, puede enfrentarse también a la injusticia social de apartar a la mujer de la realidad, y no mirar para otro lado y dejar que esa burbuja en la que se la tiene encerrada acabe consumiéndola.
Lo realmente grave es que no es esto lo que se ha hecho, sino que se ha contribuido, desde las tribunas más ilustres a crear dicha burbuja, y sería sensato preguntarse el por qué, y también es sensata, terrible pero sensata la respuesta: por el poder.
¿Acaso quiso algún rey por voluntad propia propiciar la caída del antiguo régimen?, ¿acaso impugnar la monarquía divina?, ¿se abonó alguno a las teorías contractuales que iban aflorando en la época? No, no lo hicieron. Cómo esperar entonces que aquél que domina el ámbito de lo privado, el que ejerce el poder en él, el rey doméstico entregue su corona. Impensable.
Cristina Molina nos ofrece dos claros ejemplos de cómo ha llegado a crearse esta burbuja, dos ejemplos de cómo ha llegado a justificarse por parte de mentalidades ilustradas la desigualdad entre sexos, y lo hace atendiendo a la dicotomía mencionada de lo público y lo privado, estos ejemplos son Locke y Rousseau.
Antes de repasar dichos ejemplos tratemos de adentrarnos un poco más en esta dicotomía institucionalizada por el Liberalismo. Ambos términos van evolucionando dentro del propio marco del pensamiento ilustrado-liberal. Así, lo privado comienza refiriéndose al ámbito de lo doméstico, al reino de la necesidad, con un sentido de “privación”. Bajo la ideología liberal comenzará a significar lo propio frente a lo común. Más tarde, bajo el espíritu romántico ira adquiriendo connotaciones de intimidad y en el S.XIX Stuart Mill recogerá en el sentido de lo privado su profundo individualismo, definiéndolo como la capacidad de sustentar las propias opiniones frente a la opinión pública .
Lo curioso es que en cuanto a la mujer se refiere estas redefiniciones no van a tener lugar, aquí lo privado seguirá teniendo el significado de ámbito de lo doméstico, dado que la mujer es apartada de la propiedad y según Virginia Woolf; siendo la artífice de la intimidad del hogar, nunca será el sujeto que disfrute de ella.
Como probablemente sepamos, el pensamiento político ilustrado elaborará la teoría del contractualismo, en la que se habla de un pacto social por medio del cual los hombres renuncian a parte de sus libertades originarias con miras a un bien común, delegando sus capacidades legislativas y ejecutivas en una serie de gobernantes electos que velaran por este bien común y garantizaran las libertades de los individuos y su igualdad, de manera que no se produzcan abusos entre los mismos. Sin embargo, este contrato afecta tan solo al ámbito de lo público, la esfera de lo privado-familiar y la mujer que por ella se define y que en ella es retenida, permanecerán regidas por una suerte de ley divina o natural. Así la ilustración critica las antiguas teorías patriarcalistas que hacían del gobernante un jefe por decreto divino, pero no se critican el poder del padre en la esfera de lo privado-familiar, y se intenta legitimar desde las mismas instancias naturalistas que se habían rechazado para justificar el poder político.
Adentrémonos ahora en los ejemplos mencionados. En el caso de J. Locke su creencia en que el poder político no viene de Dios sino del pacto social en los términos recién descritos, choca de manera radical con su percepción de la sociedad conyugal, donde no duda en continuar con la tradición absolutista y patriarcal que en otro ámbito está rechazando.
La sociedad conyugal, para Locke, se establece por un contrato entre la mujer y el varón en orden a la procreación y a la ayuda mutua de los cónyuges. Se supone que esta unión es voluntaria y que ninguno de los contratantes ha de estar sometido al otro, pero Locke define claramente quien ostenta la autoridad, y no por consenso, sino por naturaleza.
Aquél que había sostenido que la desigualdad entre los hombres no implicaba en modo alguno subordinación y sometimiento, se muestra ahora proclive a todo lo contrario en al ámbito doméstico. La clave que explica esta contradicción es la importancia que este autor otorga a la propiedad. La desventaja de la mujer nace de la necesidad de que el padre de familia pueda disponer de la propiedad y que la pueda legar a quien quiera, esta es una manera de sujetar el comportamiento de los hijos, de asegurarse su obediencia. El problema es que la mujer no puede disponer de la propiedad, por tanto no creo realmente que sea esta la fuente de la precariedad del contrato conyugal para la mujer, puesto que ella también podría educar al hijo y asegurarse su obediencia por medio del manejo de la herencia, tal y como hace el padre. El fondo de la cuestión es, a mi juicio y como expuse anteriormente, ostentar el poder, no perder la corona y el derecho sobre la propiedad es la mejor manera de mantenerse en el poder. Lo diré crudamente, sacar a la mujer del ámbito público es la mejor manera de que no vaya adquiriendo herramientas para prosperar, para conquistar su libertad y para oponerse a los designios del varón. Además, se trata también solo de servirse de las competencias de esta para su propio beneficio, de someter a un sujeto que puede ofrecer unas magníficas prestaciones.
Como cualquier otro tipo de esclavitud, esta idea resulta execrable. Tanto más cuando se tiene asumido por parte del varón y se le hace al genero femenino asumir que ese, y no otro es el orden natural y que, por ende, no han de rebelarse sino perfeccionar en el cumplimiento de su cometido.
El papel de la mujer en este contrato conyugal es aportar los hijos que acrecienten y hereden la propiedad paterna, y esto a cambio de su manutención y al precio de su sujeción . Al haberla apartado de la propiedad y su disposición, la sujeción de la mujer queda redefinida desde el liberalismo lockeano como situada entre los desposeídos, pero no como una condición temporal, sino como un estado definitorio y definitivo. Podría decirse, opina Cristina Molina, que la verdadera función de la mujer en el ámbito privado es producir las condiciones para que el varón entre en la esfera de lo público.
Por otra parte tenemos el caso de Rousseau, su obra va a ser una crítica a la cultura y la sociedad de su tiempo, pero no desde unas anti-luces, como puede parecer debido a su mito del buen salvaje, sino en nombre de lo que él considera un auténtico progreso: el progreso moral que convierte a los ciudadanos en hombres libres.
Para Rousseau al principio era el tiempo del instinto, de la libertad sin límites. La razón aparece cuando se hace necesaria una organización, el problema es que esto conduce a la infelicidad al privarnos de esa libertad primera. Es por ello que la obra de El contrato social responde al intento de establecer una serie de condiciones para que la sociedad se reprima lo menos posible. Esto se dará cuando se resuelva la tensión entre el individuo y el poder a través de una voluntad general que es la suma de todas las voluntades. Los gobernantes electos tienen pues la obligación de hacer converger las voluntades particulares hacia esa voluntad general.
Frente a la sociedad política distingue Rousseau la sociedad familiar, que dice es la más antigua de todas las sociedades y la única natural. Las reglas de esta no tienen nada que ver con las que rigen la sociedad civil. En la familia impera la ley del más fuerte. Aquí no hay contrato ni acuerdo. El padre se guía por el interés de la familia, claro que es él quien decide cual es este interés. Y la virtud que se le exige para cumplir tal cometido no es la justicia, sino el dejarse guiar por el sentimiento.
La mujer no puede abandonar la familia pues es el círculo en el que está adscrita, no hay otra forma de ser sujeto de ciudadanía. Es por tanto como si estuviera en una condición pre-social, pero sin gozar al tiempo de aquella libertad primigenia ya que su estado natural es la sujeción.
Rousseau piensa que está en la naturaleza de la mujer el deseo de ser subyugada, sin embargo hay que educarlas desde pequeñas para el yugo, tal y como nos dice en su obra Emilio. Las razones que se ofrecen para la sujeción de la mujer es que esta es considerada como pasión frente a la racionalidad del varón, y eso la convierte en peligrosa para el ciudadano que ha de guiarse siempre por las luces de la razón. Así, con el fin de minimizar su influencia, la encierra Rousseau en el ámbito de lo privado, y para evitar el peligro libidinoso que puede acechar al varón sitúa el ideal de feminidad en ser madre y esposa virtuosa del ciudadano, situaciones en las que la mujer ha reprimido su sexualidad. Así la mujer es, una vez más condición de posibilidad para que el varón entre en lo público. Sin la Sofía doméstica y servil, no existiría el Emilio libre y autónomo.
Las relaciones entre Ilustración y feminismo, concluye Cristina Molina, podrían definirse en términos de una dialéctica, dado que en muchos casos se implican y en otros parecen oponerse abiertamente. Coincido plenamente con nuestra autora cuando dice que la razón Ilustrada se ha configurado como razón patriarcal, atenta a los intereses y las prácticas de dominación de un sistema de poder masculino .
Ante lo expuesto podemos pensar que esta discriminación ha sido algo que ha pasado por alto la Ilustración y que puede arreglarse precisamente con una correcta aplicación de los propios ideales ilustrados, o bien que la razón ilustrada es por si misma patriarcal, dominadora de lo femenino. De cualquier forma podemos apreciar el feminismo como la primera impugnación a la ilustración desde la propia Ilustración.
David Vizcaíno
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